viernes, 18 de julio de 2008

1 m2 de cielo azul (Comentario Corto 2006)

“Un m²de cielo azul” es ante todo un corto que podría adscribirse más a un experimento Neo-imaginista que a la noventosa y haragana valoración de “video-arte” o “video-poesía”. Si bien sus realizadores toman como punto de partida la poética robótica del escritor chileno Víctor Uribe (“Hijo en m²” -2000 –y “Alguaciles” -2002 -) su traslación al lenguaje audiovisual no es literal. “Un m² de cielo azul” no es sólo la adaptación fílmica del imaginario uribeano; es la “imaginización” de él. Al igual que ocurre con los personajes de La Naranja Mecánica de Anthony Burgess, que videan constantemente sus vidas, el corto no realiza lo imaginado; imaginiza lo real. Y es aquí donde reside el acierto de Un m² de cielo azul: ¿Qué es lo que uno hace cuando sale a dar un paseo y selecciona sus canciones favoritas para que den vueltas y vueltas en su cerebro? ¿No es acaso una forma de romper la línea argumental de la Vida Real “tal y como es? ¿No es acaso sacarle su decimonónico protagonismo y relegarla a un mero telón de fondo que gracias a la musicalización personal cobra un sentido único, inédito e indie-vidual? Pues eso es el corto de Zeki Montenegro y Lu Groove: una vuelta de espalda a lo standarizado: un calce de auriculares que deja a “má” y a “pá” moviendo su boca como un muñeco de ventrílocuo sin ventrílocuo. Y es aquí donde asoma el tema central del corto: la nueva “hijes” de principios de siglo XXI: “Niños-niñas” y “Niñas-niños” cuyo motor existencial (al contrario de sus padres) no es la genitalidad de facto, sino la genitalidad mental. La idea del “matrimonio feliz” for ever and ever (heterosexual, monogámico y judeo-cristiano) como el hechizo de la cenicienta, sólo dura hasta la medianoche y a estos nuevos Hijo-Hijas sólo les quedan las hilachas de ese fotocopiado cuento de hadas que irreversiblemente conduce a la grandísima y oscura boca del lobo feroz de nuestra época: la In$atisfuckxxxión conyugal o también conocida como “ambiente familiar”.
El corto es a la vez una selección personal de música (radiohead, Beck, P.J Harvey) de 20 minutos que, aún siendo “actuado” (nombre del actor es PADRE, nombre actriz es MADRE, la cámara es HIJO) prescinde de los diálogos y opta sutilmente por la trascripción de los poemas de Víctor Uribe, pero sin desconcentrar al espectador de las imágenes: los hace aparecer como “subtítulos”. Otro acierto: al ocupar el espacio destinado a los subtítulos (recordemos que esta generación se crió viendo películas y videos musicales subtitulados) los poemas llegan (y funcionan) con la fluidez y el encanto de una voz en off que va guiando la historia de una familia reducida a su mínima expresión (Padre, Madre, Hijo) con la fría emoción que podría tener un robot debajo del agua cuyos ojos (no hay duda: la elección de filmar cámara en mano lo demuestra) no son ni más ni menos que los del espectador; o sea, los tuyos, hijo.

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